martes, 17 de marzo de 2015

La muñeca de trapo

Sintió resbalar algo húmedo por su mejilla, abrió los ojos, aunque se topó con la más absoluta oscuridad. Inspiró profundamente y un fuerte olor a humedad hizo que se estremeciera, el suelo estaba frío y al rozarlo con las yemas de sus dedos descubrió un relieve irregular, grumoso, como si no se encontrara dentro de una habitación, sin embargo, algo le decía que sí, que aquel lugar era una habitación. Se intentó levantar pero por mucho que se esforzó, su cuerpo no se despegó ni un palmo del suelo, algo tiraba de ella, la obligaba a permanecer tumbada, y solo cuando comprendió que esto era así, sintió la rugosa superficie deslizarse bajo su piel. Esto habría sido una buena señal si el movimiento lo hubiese provocado ella, pero no era su mente si no algo o alguien quién tiraba de sus piernas y la conducía hacia aquel negro agujero que no aparentaba otra cosa que ser interminable. Angustiada, intentó forcejear, soltarse de ese abrazo invisible que la comprimía a cada segundo, pero sus pies insistían en no tener voluntad propia. De repente, un haz de luz la cegó y cuando por fin se acostumbró, frente a sí encontró los ojos de una siniestra muñeca de porcelana observándola. Eran negros, grandes e inertes. Rizos oscuros manchados de sangre caían sobre su pálida frente, el gesto de su boca era triste, melancólico… Su vestido era gris, no, verde, pero la suciedad había conseguido cambiar su color como si de un tinte se tratara. Parecía frágil, transmitía desdicha en cada uno de sus rasgos. Entonces la vio, esa lágrima densa, granate, descansando sobre la mejilla del solitario juguete, la misma lágrima que la había despertado de aquel sueño que daba la impresión de acabar de empezar.