sábado, 13 de octubre de 2018

Mercurio


   Sus pequeños zapatitos relucían al alzarse sobre la grisácea superficie. Saltaba, ajena a todo cuanto pudiera ocurrir a su alrededor, mientras un ente desolado la observaba en la penumbra. Feliz, con su vestido vaporoso meciéndose en un agradable vaivén, jugaba con las sombras obligándolas a escapar. Ellas divertidas, se escondían tras las rocas, esperando a que acabase el segundo amanecer.

   La criatura, distraída, sentía cómo el calor atravesaba su piel, y observaba maravillada el borboteo constante de aquel rojizo estelar que parecía atraparla y arrancaba sus piececitos del suelo como si fuese capaz de flotar. Semejante a un baile, ardiente, abrasador, que, para ella, que intentaba alcanzar la luz con sus dedos diminutos, nunca era suficiente. Lo que habría de ser calcinador, era una dulce, candente y agradable caricia que la mecía en olas de fuego.

   Acunaba su frágil cuerpo en la brisa caliente, temerosa, no de quemarse, sino de que su estrella, aburrida y cansada de jugar a esconderse siempre en el mismo momento, siempre en el mismo lugar; se acostumbrase a brillar y fuese, con el tiempo, perdiendo intensidad.

   Ella, que se alzaba sin volar, indiferente a las sombras que la contemplaban en aquella inmensa oscuridad y la seguían de cerca como si se tratara de una estrella más; nunca había dejado de esperar, esperar a que se asomase de nuevo ese calor, que jugaba con ella a querer tocarse sin quemar su candor.