martes, 1 de septiembre de 2020

El río

 Como un niño al que le divierte llamar a las puertas de desconocidos. Busca la adrenalina del peligro. Y la encuentra. En el anhelo de sus palabras, en el recuerdo de sus labios, de su sonrisa, de sus ojos, teñidos de un azul triste y melancólico.

Un paisaje que tantas veces le ha resultado, cuando no placentero, tranquilizador, es ahora una mera memoria más del deseo incompleto. 

Tiene la mirada fija en el cielo, como si así fuese a conseguir olvidar algo que acabara de recordar, una punzada silenciosa y profunda. Intenta recuperar algo de esa calma que siempre transmiten las nubes, pero sabe que esa noche no dormirá.

Y sin embargo, es esa falta lo que la tiene en un delirio constante. Esa sed, ese impulso por beber en el desierto. Un espejismo. 

Como un árbol intentando alcanzar el fondo del río. Una simple piedra es suficiente para darse cuenta de lo frágil que es esa posibilidad.

Y no ha lanzado una sola piedra. Ha hecho desaparecer sus aguas. Ha observado cómo se alejaba de su vista súbitamente, dejando a su paso altibajos descontrolados e incoherentes sobre el terreno. 

El árbol, incapaz de aceptar aquello que los diferencia, sigue buscando su versión nómada y fluida. Su reflejo...


miércoles, 29 de julio de 2020

La tormenta

Le arde la nuca, tanto que duele. Un dolor ligero y suave que trepa hasta sus mejillas, arrastrando consigo todo el calor y el sudor frío que este conlleva. Siente latir hasta los lóbulos de sus orejas.

Observa fijamente esa mirada cristalina que, tan dulce y apacible, consigue que sumerja en ella todos sus deseos, para después alzar sus olas, movidas por una repentina tormenta de verano y estrellar lo que quedase de ellos contra el acantilado.

Sigue sintiendo ese calor. Él está hablando. Camina y, de vez en cuando, se sienta sobre la mesa. Ha vuelto a irse por las ramas. Su voz grave y profunda llena toda la habitación. Ella ya ha perdido el hilo hace tiempo. Lo sigue con la mirada e intenta escucharlo, pero acaba desviando su atención para rescatar a los náufragos. Estos a veces salen a flote, con un destello de esperanza en sus ojos, pero poco después el agua los vuelve a ahogar. Consigue mantener a uno de ellos nadando, pero este no llega a ninguna isla y ella tampoco regresa a aquella habitación.

Está en su cama y él ya no está frente a ella, no le sostiene la mirada ni tampoco continúa soñando en voz alta. Solo queda el recuerdo y ese deseo obstinado que se negó a bucear hasta el fondo del mar. El mismo deseo que ahora acaricia su cuello, consiguiendo que arda hasta el más mínimo milímetro de su cuerpo, que le susurra al oído su nombre y que le ruega desesperadamente poder nadar en aquellos ojos una vez más.


jueves, 23 de abril de 2020

Fuego

Cerró la puerta tras de sí, dejando un ligero halo de luz abrirse paso hasta la otra esquina de la habitación. Deslizó su mano por lo que parecía el respaldo de un sofá y se sentó en él despacio, con la esperanza de que no la hubiesen visto entrar.
Aguantó ligeramente la respiración. Podía oír sus latidos acelerados y nerviosos. Su mano temblaba sobre el sofá, fría y desprotegida. No estaba segura de que hubiese sido una buena idea, pero, aquella nota…, aquel recuerdo…
De repente se encontraba en aquella habitación, una luz tenue, la chimenea chisporroteando y una dulce música que lo envolvía todo. Él estaba allí, de pie, tendiéndole su mano y sonriendo. La observaba fijamente mientras el fuego ardía en su mirada, expectante. Titubeó un momento y rozó su palma con los dedos. La sujetó firmemente levantándola del sofá y sin apartar la vista de sus ojos, rodeó su cintura. Su vestido se deslizaba, alzándose ligeramente sobre el suelo, girando con ella alrededor del sofá. Él se alzaba frente a ella con ese semblante apuesto que observaba cada mañana al despertar, desde la ventana. Aquella noche era fuego y no rosas lo que lo rodeaba, pero ella seguía viendo los mismos ojos verdes brillando, cada vez más cerca, cada vez más difusos… Bajó los párpados.
Silencio…, abrió los ojos y apareció de nuevo en la oscuridad. Sintió que unos dedos cálidos se posaba sobre su mano y levantó la mirada. Una línea de luz dejaba entrever su pelo oscuro y largo, su mentón y sus labios ligeramente abiertos y sonrientes. Pero ella solo podía fijarse en ese verde brillante, esos ojos, que la miraban desde la oscuridad, fijos, esta vez, en su boca.
Intentó hablar, pero antes de poder siquiera moverse, sus manos estaban en su cadera, descendiendo por sus temblorosas piernas y sus ojos estaban tan cerca que apenas podía distinguirlos. Sentía su aliento sobre su cuello, caliente y húmedo y pensó que aquello no podía ser un error. Miró hacia la chimenea, pero aquel fuego que recorría su cuerpo no tenía nada que ver con las llamas. Cerró de nuevo los párpados al tiempo que el calor se acercaba a su boca y al abrirlos de nuevo observó cómo sus labios bajaban lentamente por su cuerpo hasta que solo pudo ver, mirándola desde su entrepierna, el destello de aquellos ojos verdes.

viernes, 11 de octubre de 2019

Oscuridad


Se despertó envuelto en oscuridad. Confuso y sudando. Estaba de pie, pero no era consciente de haberse levantado antes. Sentía el frío del suelo en sus pies y creía escuchar un crujido extraño. Supuso que era su imaginación y se tumbó de nuevo en la cama.
Y el crujido aumentó. Pero no era un crujido, era otro sonido. No lo reconocía. Y empezó a ponerse nervioso. El calor recorría su cuello y la gravedad ataba su cuerpo al colchón. El calor se convirtió en dolor y el dolor en gotas frías de sudor.
Por su cabeza pasaban imágenes irracionales, distorsionadas. Imágenes con dientes, deformes y sin ojos, sombras desmembradas que se movían de forma animal, deshumanizada. Y comprendió que no se dormiría, no hasta que comprobase que ninguno de esos seres era el origen de ese crujido. Ese crujido que se había intensificado al tiempo que sus pesadillas tomaban forma.
Se levantó despacio, intentando no imaginar cómo una mano huesuda apresaba su brazo antes de sentir el interruptor bajo sus yemas. Se odió a sí mismo por no dormir con calcetines y se acercó a la pared.
Palpó la superficie rugosa con los dedos, buscando un desnivel liso, y cuando dio con él, lo presionó. Escuchó cómo cambiaba de posición y vio que seguía sumido en la penumbra.
Temblando, realizó la misma acción varias veces más, con la esperanza de haber fallado en su primer intento, pero como temía, eso no sirvió de nada.
Y entonces, lo sintió. Sintió algo fino rozar sus párpados. Y ese algo estaba por toda su cara. Y le hablaba. Le estaba hablando. Aunque lo que escuchaba no tenía sentido. En realidad, ni siquiera era capaz de oírlo. No parecía un ruido real, sino interno. Pero ahí estaba y, por algún motivo, no podía ignorarlo. No solo porque de repente no pudiera parar de escucharlo, sino porque lo que creía estar entendiendo era aterrador.
Lo era tanto que acabó, sin apenas darse cuenta, palpando algo de nuevo. Pero esta vez no buscaba el interruptor, sus dedos no caminaban por el rugoso gotelé de las paredes de su habitación. No, esta vez el tacto era viscoso y esférico, y notaba como algo denso y caliente caía entre sus dedos.
No necesitaba ver para saber lo que era. Era plenamente consciente de lo que tenía sobre la palma de su mano. Pero qué podía hacer, debía reunir cuantos fuera posible si no quería que devorasen los suyos. Si no quería encender la luz en vano para siempre.

sábado, 13 de octubre de 2018

Mercurio


   Sus pequeños zapatitos relucían al alzarse sobre la grisácea superficie. Saltaba, ajena a todo cuanto pudiera ocurrir a su alrededor, mientras un ente desolado la observaba en la penumbra. Feliz, con su vestido vaporoso meciéndose en un agradable vaivén, jugaba con las sombras obligándolas a escapar. Ellas divertidas, se escondían tras las rocas, esperando a que acabase el segundo amanecer.

   La criatura, distraída, sentía cómo el calor atravesaba su piel, y observaba maravillada el borboteo constante de aquel rojizo estelar que parecía atraparla y arrancaba sus piececitos del suelo como si fuese capaz de flotar. Semejante a un baile, ardiente, abrasador, que, para ella, que intentaba alcanzar la luz con sus dedos diminutos, nunca era suficiente. Lo que habría de ser calcinador, era una dulce, candente y agradable caricia que la mecía en olas de fuego.

   Acunaba su frágil cuerpo en la brisa caliente, temerosa, no de quemarse, sino de que su estrella, aburrida y cansada de jugar a esconderse siempre en el mismo momento, siempre en el mismo lugar; se acostumbrase a brillar y fuese, con el tiempo, perdiendo intensidad.

   Ella, que se alzaba sin volar, indiferente a las sombras que la contemplaban en aquella inmensa oscuridad y la seguían de cerca como si se tratara de una estrella más; nunca había dejado de esperar, esperar a que se asomase de nuevo ese calor, que jugaba con ella a querer tocarse sin quemar su candor.

viernes, 22 de junio de 2018

Demonios


Lo siento, pero no, no era suficiente condena, no era suficiente un periodo de tiempo que no representaba ni la cuarta parte de su vida. No eran suficientes 9 años por todos los que le quedan a esa niña y menos aún lo será la libertad provisional. Una libertad provisional, que terminará siendo nuestra prisión indefinida. Un premio por todas las pesadillas que tendrá, por destrozarle la vida. No hay condena suficiente por no respetar a una persona, por pensar que sus pollas valían más que cualquier chica. Y, sobre todo, por todos los años que van a estar en la calle poniendo en peligro la vida de otras mujeres, de otras niñas. 
Porque no son personas, ni siquiera animales. Porque a los animales los tratáis con menos respeto cuando muerden a alguien. Son demonios, y no es la primera maldición que lanzan ni será la última. Mientras les dejéis actuar, mientras os empeñéis en que son personas, perderéis a aquellas que realmente lo son. Porque no, por mucho que insistáis, el lugar de un demonio no está entre humanos, sino en el infierno que él mismo ha creado. Que se retuerzan de asco bajo la baba de sus otros hermanos infraseres, que intenten hablar y no puedan, que sientan que su cuerpo, su libertad, no les pertenece. Que les duela cada roce de esas repugnantes manos y no vean nunca llegar el final, porque no lo hay, no debería. Su lugar está en esas pesadillas, en los horribles e interminables recuerdos de la inocencia perdida.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Mi abstracción

Un temblor ionosférico, vibrante como las luces de la aurora boreal, un miedo que apenas eres capaz de contemplar y que de repente, por un ligero instante, lo sientes. Te rodea y te nubla la vista, pero no te impide respirar. No duele, ni siquiera estás segura de que esté realmente ahí. Se confunde con otras sensaciones. Bailan y revolotean en tu interior mientras te sumerges en el brillo de su profunda oscuridad. Y ese brillo se vuelve más intenso al acercarte. Es ahí cuando el miedo desaparece. Cuando ves que te sigue, que ese brillo eres tú y por un instante olvidas que pueda desaparecer.

Y entonces, una tranquilidad inmensa, como siempre que te meces en esa luna fugaz, creciente con cada estupidez, que te infantiliza y vuelve contigo a la niñez, que te sostiene con cuidado y cercanía. Un abrazo invisible, ferviente y suave.

Un abrazo que escucha tu melodía delirante, que te acompaña en el canto y danza junto a ti si es necesario. Un beso que convierte ese concepto abstracto en una sonrisa concreta, la utopía en realidad, y transforma por momentos lo etéreo en tangible.