domingo, 10 de diciembre de 2017

Mi abstracción

Un temblor ionosférico, vibrante como las luces de la aurora boreal, un miedo que apenas eres capaz de contemplar y que de repente, por un ligero instante, lo sientes. Te rodea y te nubla la vista, pero no te impide respirar. No duele, ni siquiera estás segura de que esté realmente ahí. Se confunde con otras sensaciones. Bailan y revolotean en tu interior mientras te sumerges en el brillo de su profunda oscuridad. Y ese brillo se vuelve más intenso al acercarte. Es ahí cuando el miedo desaparece. Cuando ves que te sigue, que ese brillo eres tú y por un instante olvidas que pueda desaparecer.

Y entonces, una tranquilidad inmensa, como siempre que te meces en esa luna fugaz, creciente con cada estupidez, que te infantiliza y vuelve contigo a la niñez, que te sostiene con cuidado y cercanía. Un abrazo invisible, ferviente y suave.

Un abrazo que escucha tu melodía delirante, que te acompaña en el canto y danza junto a ti si es necesario. Un beso que convierte ese concepto abstracto en una sonrisa concreta, la utopía en realidad, y transforma por momentos lo etéreo en tangible.


domingo, 13 de agosto de 2017

Ditrysia

      Polvo envenenado se disuelve en el aire, se camufla junto al resto de partículas inocuas y ni si quiera el rebotar de la luz sobre su superficie lo desenmascara. Aletea bordeando el halo dorado del hermano de Selene, escapando de su traicionero abrigo que busca traspasar la corteza de un llorón.
Las yemas de sus dedos palpan la superficie rugosa, áspera e irregular, mientras cierra los ojos e intenta relajar la respiración. Sus piernas, cansadas y temblorosas, pesadas como ancla sujeta al fondo marino, parecen atraídas por el ardiente suelo, que quisiera abrirse bajo ellas, invitarlas al inframundo.
El atronador silencio de sus latidos atestigua la ausencia de semejantes, pero no de vida. No de muerte.
Le duelen las manos, tensas. La sangre empieza a brotar de sus uñas al tiempo que presiona con fuerza, en un débil y desesperado intento por fusionarse con las raíces.
Como si nunca hubiese existido el día, la rodea ahora la oscuridad. Ni un atisbo de luz, tampoco Febe soñando en el cielo. La mente en blanco, no consigue enlazar ni una sola palabra. Entreabre los labios de vez en cuando, pero vuelve a cerrarlos. Mantiene fija la mirada en un punto infinito y de alguna manera cree distinguir una silueta acechante entre la maleza.
Sin apenas sobresaltarla, un cuerpo escamoso y liso va rodeando su cintura lenta, sutilmente en un abrazo firme y acompasado, sin ninguna prisa, consciente de que su presa, conocedora de su destino, se había rendido mucho tiempo atrás.
Inocente espectadora que revolotea, tras contemplar la escena, deja de mecer sus negras alas y posa su cuerpo sobre la tierra caliente cubierta por las hojas ya secas del árbol.

martes, 21 de febrero de 2017

Efecto Boomerang

     Causa. Atrapa tu mirada. ¿Falsa alarma? Apartas la vista. Parece que no. Vuelves a mirar. Ya no hay vuelta atrás. Dos segundos.  La electricidad funciona mal.  Hay algo oscuro que no deja de brillar. Cambia tu percepción espacial. Intentas mantener constante el tiempo. No lo consigues. Se desmorona. Lo destroza sin apenas mostrar compasión. No quieres verlo, pero lo sientes. Todo a tu alrededor se difumina. Aún no eres consciente. Tu pupila sigue fija en el mismo punto. Intentas huir. Lo intentas. Un único camino. Como si algo tirase de ti, temes ver casillas blancas y negras al mirar el suelo. Ese destello otra vez. No desaparece. ¿Está más cerca?  Sí. Te envuelve. Ondas luminosas a tu alrededor. Juegan a perseguirse entre los huecos de tu cuerpo. Divertidas, se deslizan por los recovecos. Demasiado cerca. Te deslumbra. Apenas puedes pensar. El temor desaparece y ya solo quieres dejarte arrastrar. Cierras los ojos. El aire es dulce, suave, casi aterciopelado. Aspiras despacio. No quieres soltarlo. Todavía no.  Parece todo tan volátil, transparente, sutil. Desaparecerá. Lo sabes y aun así lo ignoras. Aguantas un poco más. Sientes la necesidad de volver a mirar y al mismo tiempo te asusta. Pequeños destellos intentan atravesar tus pestañas. Te resistes, pero terminas cediendo. Consciente de haber abandonado la oscuridad sigues sin ver nada. La luz es excesiva, cegadora. Y es en ese momento cuando percibes de nuevo una fuerza. Desconoces el sentido, pero te afecta. Todo se vuelve negro. Silencio. ¿Es este el efecto?