Un temblor ionosférico, vibrante
como las luces de la aurora boreal, un miedo que apenas eres capaz de contemplar y que de repente, por un ligero instante, lo sientes. Te rodea y te nubla la
vista, pero no te impide respirar. No duele, ni siquiera estás segura de que esté
realmente ahí. Se confunde con otras sensaciones. Bailan y revolotean en tu
interior mientras te sumerges en el brillo de su profunda oscuridad. Y ese
brillo se vuelve más intenso al acercarte. Es ahí cuando el miedo desaparece.
Cuando ves que te sigue, que ese brillo eres tú y por un instante olvidas que
pueda desaparecer.
Y entonces, una tranquilidad
inmensa, como siempre que te meces en esa luna fugaz, creciente con cada
estupidez, que te infantiliza y vuelve contigo a la niñez, que te sostiene con
cuidado y cercanía. Un abrazo invisible, ferviente y suave.
Un abrazo que escucha tu melodía
delirante, que te acompaña en el canto y danza junto a ti si es necesario. Un beso
que convierte ese concepto abstracto en una sonrisa concreta, la utopía en
realidad, y transforma por momentos lo etéreo en tangible.