Le arde la nuca, tanto que duele.
Un dolor ligero y suave que trepa hasta sus mejillas, arrastrando consigo todo
el calor y el sudor frío que este conlleva. Siente latir hasta los lóbulos de
sus orejas.
Observa fijamente esa mirada
cristalina que, tan dulce y apacible, consigue que sumerja en ella todos sus
deseos, para después alzar sus olas, movidas por una repentina tormenta de
verano y estrellar lo que quedase de ellos contra el acantilado.
Sigue sintiendo ese calor. Él
está hablando. Camina y, de vez en cuando, se sienta sobre la mesa. Ha vuelto a
irse por las ramas. Su voz grave y profunda llena toda la habitación. Ella ya
ha perdido el hilo hace tiempo. Lo sigue con la mirada e intenta escucharlo,
pero acaba desviando su atención para rescatar a los náufragos. Estos a veces salen a flote,
con un destello de esperanza en sus ojos, pero poco después el agua los vuelve
a ahogar. Consigue mantener a uno de ellos nadando, pero este no llega a
ninguna isla y ella tampoco regresa a aquella habitación.
Está en su cama y él ya no está
frente a ella, no le sostiene la mirada ni tampoco continúa soñando en voz
alta. Solo queda el recuerdo y ese deseo obstinado que se negó a bucear hasta
el fondo del mar. El mismo deseo que ahora acaricia su cuello, consiguiendo
que arda hasta el más mínimo milímetro de su cuerpo, que le susurra al oído su
nombre y que le ruega desesperadamente poder nadar en aquellos ojos una vez más.