Polvo envenenado se disuelve en el aire, se camufla junto al resto de partículas inocuas y ni si quiera el rebotar de la luz sobre su superficie lo desenmascara. Aletea bordeando el halo dorado del hermano de Selene, escapando de su traicionero abrigo que busca traspasar la corteza de un llorón.
Las yemas de sus dedos palpan la superficie rugosa, áspera e irregular, mientras cierra los ojos e intenta relajar la respiración. Sus piernas, cansadas y temblorosas, pesadas como ancla sujeta al fondo marino, parecen atraídas por el ardiente suelo, que quisiera abrirse bajo ellas, invitarlas al inframundo.
El atronador silencio de sus latidos atestigua la ausencia de semejantes, pero no de vida. No de muerte.
Le duelen las manos, tensas. La sangre empieza a brotar de sus uñas al tiempo que presiona con fuerza, en un débil y desesperado intento por fusionarse con las raíces.
Como si nunca hubiese existido el día, la rodea ahora la oscuridad. Ni un atisbo de luz, tampoco Febe soñando en el cielo. La mente en blanco, no consigue enlazar ni una sola palabra. Entreabre los labios de vez en cuando, pero vuelve a cerrarlos. Mantiene fija la mirada en un punto infinito y de alguna manera cree distinguir una silueta acechante entre la maleza.
Sin apenas sobresaltarla, un cuerpo escamoso y liso va rodeando su cintura lenta, sutilmente en un abrazo firme y acompasado, sin ninguna prisa, consciente de que su presa, conocedora de su destino, se había rendido mucho tiempo atrás.
Inocente espectadora que revolotea, tras contemplar la escena, deja de mecer sus negras alas y posa su cuerpo sobre la tierra caliente cubierta por las hojas ya secas del árbol.
Las yemas de sus dedos palpan la superficie rugosa, áspera e irregular, mientras cierra los ojos e intenta relajar la respiración. Sus piernas, cansadas y temblorosas, pesadas como ancla sujeta al fondo marino, parecen atraídas por el ardiente suelo, que quisiera abrirse bajo ellas, invitarlas al inframundo.
El atronador silencio de sus latidos atestigua la ausencia de semejantes, pero no de vida. No de muerte.
Le duelen las manos, tensas. La sangre empieza a brotar de sus uñas al tiempo que presiona con fuerza, en un débil y desesperado intento por fusionarse con las raíces.
Como si nunca hubiese existido el día, la rodea ahora la oscuridad. Ni un atisbo de luz, tampoco Febe soñando en el cielo. La mente en blanco, no consigue enlazar ni una sola palabra. Entreabre los labios de vez en cuando, pero vuelve a cerrarlos. Mantiene fija la mirada en un punto infinito y de alguna manera cree distinguir una silueta acechante entre la maleza.
Sin apenas sobresaltarla, un cuerpo escamoso y liso va rodeando su cintura lenta, sutilmente en un abrazo firme y acompasado, sin ninguna prisa, consciente de que su presa, conocedora de su destino, se había rendido mucho tiempo atrás.
Inocente espectadora que revolotea, tras contemplar la escena, deja de mecer sus negras alas y posa su cuerpo sobre la tierra caliente cubierta por las hojas ya secas del árbol.