Causa. Atrapa tu mirada. ¿Falsa alarma?
Apartas la vista. Parece que no. Vuelves a mirar. Ya no hay vuelta atrás. Dos
segundos. La electricidad funciona mal. Hay algo oscuro que no deja de brillar. Cambia
tu percepción espacial. Intentas mantener constante el tiempo. No lo consigues.
Se desmorona. Lo destroza sin apenas mostrar compasión. No quieres verlo, pero
lo sientes. Todo a tu alrededor se difumina. Aún no eres consciente. Tu pupila
sigue fija en el mismo punto. Intentas huir. Lo intentas. Un único camino. Como
si algo tirase de ti, temes ver casillas blancas y negras al mirar el suelo.
Ese destello otra vez. No desaparece. ¿Está más cerca? Sí. Te envuelve. Ondas luminosas a tu
alrededor. Juegan a perseguirse entre los huecos de tu cuerpo. Divertidas, se
deslizan por los recovecos. Demasiado cerca. Te deslumbra. Apenas puedes
pensar. El temor desaparece y ya solo quieres dejarte arrastrar. Cierras los
ojos. El aire es dulce, suave, casi aterciopelado. Aspiras despacio. No quieres
soltarlo. Todavía no. Parece todo tan
volátil, transparente, sutil. Desaparecerá. Lo sabes y aun así lo ignoras. Aguantas
un poco más. Sientes la necesidad de volver a mirar y al mismo tiempo te
asusta. Pequeños destellos intentan atravesar tus pestañas. Te resistes, pero
terminas cediendo. Consciente de haber abandonado la oscuridad sigues sin ver
nada. La luz es excesiva, cegadora. Y es en ese momento cuando percibes de
nuevo una fuerza. Desconoces el sentido, pero te afecta. Todo se vuelve negro.
Silencio. ¿Es este el efecto?