De pequeña me costaba conciliar el sueño
porque temía que ladrones como los que veía en las películas y en los dibujos
animados tiraran nuestra puerta abajo con un tronco gigante. Sí, lo sé, cuando
te paras a pensarlo te das cuenta de que el tronco no habría entrado por la
puerta del portal y aún habría sido menos probable que alguien se molestase en
subirlo por las escaleras hasta nuestro piso para entrar en nuestra casa con
malas intenciones. Pero hoy que ya he llegado a esa conclusión y árboles sin
ramas no me quitan el sueño, no estoy segura de si debería irme a la cama o
continuar escribiendo este párrafo delirante que dudo que vaya o me lleve a
alguna parte. Si aún estoy tecleando supongo que es por no dejar algo a medias,
aunque en realidad nadie termina nada nunca. No me refiero a que no terminemos
de hacer cosas particulares, eso sí, pero esas cosas son siempre para algo y
ese algo es para otra cosa y yo estoy empezando a dudar si realmente deberíamos
hacer ese algo o solo nos hacen creer que tenemos esa obligación. Ya no sé si
lo que quiero, lo que me gusta o lo que me asusta es de verdad lo que yo creo o
es todo una mentira. ¿Cómo se puede llegar a saber lo que eres o lo que crees
de verdad? ¿Y si todo eso sobre lo que estás firmemente convencido no es más
que otra ideología de masas? ¿Y si yo estoy escribiendo esto porque lo motiva
alguna especie de moda contemporánea o un estereotipo al que me han hecho creer
que pertenezco? Lo único que sé es que tengo que irme a la cama porque mañana a
estas horas debería saberme el resto de mis apuntes de filosofía y ahora que lo
pienso eso tampoco lo sé, solo me lo han hecho creer, porque se supone que debo ser buena y responsable y
puede que en realidad no tenga el deber de hacerlo, pero como vivo en este
mundo y no en otro y aunque quizá esta no sea la verdad, mejor me voy a dormir,
porque tengo la corazonada de que este párrafo lo ha inspirado una sobrecarga
de mi cerebro motivada por una tarde entera delante de folios repletos de
palabras que buscaban que les diese un sentido. Solo espero que la puerta de la
entrada resista bien los golpes del tronco hasta que me levante mañana, no vaya
a ser que alguien se lleve mis sueños y solo me quede la pesadilla diaria.
sábado, 23 de mayo de 2015
jueves, 30 de abril de 2015
-9,81 m/s2.
No podía estar tan lejos, no lo estaba. Quería llegar al final cuanto antes, pero le aterraba que sus pasos despertasen los espíritus dormidos. Se repetía a sí misma que no tenía ninguna razón para temer, que solo eran voces, susurros sin trascendencia. El silencio inundaba el bosque; sin embargo ella no parecía darse cuenta. El aullido de sus pies al pisar suavemente las hojas secas desgarraba sus tímpanos. El dolor era insoportable, casi mayor que aquel al que temía. El viento mecía su cabello, aunque no era eso lo que la joven notaba. Lo único en lo que podía fijarse era en aquellos ojos cerrados que la observaban. Abiertos, pero con los párpados tapándolos cual manta. Acechando, esperando para lanzar una puñalada. Y mientras, pequeños destellos, ligeras caricias de pétalos todavía inocentes, suaves, dulces, olorosos, sin sombra de maldad. Luego, nada, vacío, ausencia. Aquella hojarasca que la delataba había, de pronto, desaparecido y ella flotaba en el aire como si todo lo que había creído cierto, todo lo que había, de alguna manera, sentido, hubiese sido una simple ilusión, una quimera, un espejismo. Sin más a lo que aferrarse, tenía miedo, miedo de recordar la gravedad y caer junto con todas aquellas ramas.
martes, 17 de marzo de 2015
La muñeca de trapo
Sintió resbalar algo húmedo por su mejilla, abrió los ojos, aunque se topó con la más absoluta oscuridad. Inspiró profundamente y un fuerte olor a humedad hizo que se estremeciera, el suelo estaba frío y al rozarlo con las yemas de sus dedos descubrió un relieve irregular, grumoso, como si no se encontrara dentro de una habitación, sin embargo, algo le decía que sí, que aquel lugar era una habitación. Se intentó levantar pero por mucho que se esforzó, su cuerpo no se despegó ni un palmo del suelo, algo tiraba de ella, la obligaba a permanecer tumbada, y solo cuando comprendió que esto era así, sintió la rugosa superficie deslizarse bajo su piel. Esto habría sido una buena señal si el movimiento lo hubiese provocado ella, pero no era su mente si no algo o alguien quién tiraba de sus piernas y la conducía hacia aquel negro agujero que no aparentaba otra cosa que ser interminable.
Angustiada, intentó forcejear, soltarse de ese abrazo invisible que la comprimía a cada segundo, pero sus pies insistían en no tener voluntad propia.
De repente, un haz de luz la cegó y cuando por fin se acostumbró, frente a sí encontró los ojos de una siniestra muñeca de porcelana observándola. Eran negros, grandes e inertes. Rizos oscuros manchados de sangre caían sobre su pálida frente, el gesto de su boca era triste, melancólico… Su vestido era gris, no, verde, pero la suciedad había conseguido cambiar su color como si de un tinte se tratara. Parecía frágil, transmitía desdicha en cada uno de sus rasgos.
Entonces la vio, esa lágrima densa, granate, descansando sobre la mejilla del solitario juguete, la misma lágrima que la había despertado de aquel sueño que daba la impresión de acabar de empezar.
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