sábado, 13 de octubre de 2018

Mercurio


   Sus pequeños zapatitos relucían al alzarse sobre la grisácea superficie. Saltaba, ajena a todo cuanto pudiera ocurrir a su alrededor, mientras un ente desolado la observaba en la penumbra. Feliz, con su vestido vaporoso meciéndose en un agradable vaivén, jugaba con las sombras obligándolas a escapar. Ellas divertidas, se escondían tras las rocas, esperando a que acabase el segundo amanecer.

   La criatura, distraída, sentía cómo el calor atravesaba su piel, y observaba maravillada el borboteo constante de aquel rojizo estelar que parecía atraparla y arrancaba sus piececitos del suelo como si fuese capaz de flotar. Semejante a un baile, ardiente, abrasador, que, para ella, que intentaba alcanzar la luz con sus dedos diminutos, nunca era suficiente. Lo que habría de ser calcinador, era una dulce, candente y agradable caricia que la mecía en olas de fuego.

   Acunaba su frágil cuerpo en la brisa caliente, temerosa, no de quemarse, sino de que su estrella, aburrida y cansada de jugar a esconderse siempre en el mismo momento, siempre en el mismo lugar; se acostumbrase a brillar y fuese, con el tiempo, perdiendo intensidad.

   Ella, que se alzaba sin volar, indiferente a las sombras que la contemplaban en aquella inmensa oscuridad y la seguían de cerca como si se tratara de una estrella más; nunca había dejado de esperar, esperar a que se asomase de nuevo ese calor, que jugaba con ella a querer tocarse sin quemar su candor.

viernes, 22 de junio de 2018

Demonios


Lo siento, pero no, no era suficiente condena, no era suficiente un periodo de tiempo que no representaba ni la cuarta parte de su vida. No eran suficientes 9 años por todos los que le quedan a esa niña y menos aún lo será la libertad provisional. Una libertad provisional, que terminará siendo nuestra prisión indefinida. Un premio por todas las pesadillas que tendrá, por destrozarle la vida. No hay condena suficiente por no respetar a una persona, por pensar que sus pollas valían más que cualquier chica. Y, sobre todo, por todos los años que van a estar en la calle poniendo en peligro la vida de otras mujeres, de otras niñas. 
Porque no son personas, ni siquiera animales. Porque a los animales los tratáis con menos respeto cuando muerden a alguien. Son demonios, y no es la primera maldición que lanzan ni será la última. Mientras les dejéis actuar, mientras os empeñéis en que son personas, perderéis a aquellas que realmente lo son. Porque no, por mucho que insistáis, el lugar de un demonio no está entre humanos, sino en el infierno que él mismo ha creado. Que se retuerzan de asco bajo la baba de sus otros hermanos infraseres, que intenten hablar y no puedan, que sientan que su cuerpo, su libertad, no les pertenece. Que les duela cada roce de esas repugnantes manos y no vean nunca llegar el final, porque no lo hay, no debería. Su lugar está en esas pesadillas, en los horribles e interminables recuerdos de la inocencia perdida.