Sus pequeños zapatitos relucían
al alzarse sobre la grisácea superficie. Saltaba, ajena a todo cuanto pudiera
ocurrir a su alrededor, mientras un ente desolado la observaba en la penumbra.
Feliz, con su vestido vaporoso meciéndose en un agradable vaivén, jugaba con
las sombras obligándolas a escapar. Ellas divertidas, se escondían tras las
rocas, esperando a que acabase el segundo amanecer.
La criatura, distraída, sentía cómo
el calor atravesaba su piel, y observaba maravillada el borboteo constante de
aquel rojizo estelar que parecía atraparla y arrancaba sus piececitos del suelo
como si fuese capaz de flotar. Semejante a un baile, ardiente, abrasador, que,
para ella, que intentaba alcanzar la luz con sus dedos diminutos, nunca era
suficiente. Lo que habría de ser calcinador, era una dulce, candente y agradable
caricia que la mecía en olas de fuego.
Acunaba su frágil cuerpo en la
brisa caliente, temerosa, no de quemarse, sino de que su estrella, aburrida y
cansada de jugar a esconderse siempre en el mismo momento, siempre en el mismo
lugar; se acostumbrase a brillar y fuese, con el tiempo, perdiendo intensidad.
Ella, que se alzaba sin volar, indiferente
a las sombras que la contemplaban en aquella inmensa oscuridad y la seguían de
cerca como si se tratara de una estrella más; nunca había dejado de esperar,
esperar a que se asomase de nuevo ese calor, que jugaba con ella a querer
tocarse sin quemar su candor.