No podía estar tan lejos, no lo estaba. Quería llegar al final cuanto antes, pero le aterraba que sus pasos despertasen los espíritus dormidos. Se repetía a sí misma que no tenía ninguna razón para temer, que solo eran voces, susurros sin trascendencia. El silencio inundaba el bosque; sin embargo ella no parecía darse cuenta. El aullido de sus pies al pisar suavemente las hojas secas desgarraba sus tímpanos. El dolor era insoportable, casi mayor que aquel al que temía. El viento mecía su cabello, aunque no era eso lo que la joven notaba. Lo único en lo que podía fijarse era en aquellos ojos cerrados que la observaban. Abiertos, pero con los párpados tapándolos cual manta. Acechando, esperando para lanzar una puñalada. Y mientras, pequeños destellos, ligeras caricias de pétalos todavía inocentes, suaves, dulces, olorosos, sin sombra de maldad. Luego, nada, vacío, ausencia. Aquella hojarasca que la delataba había, de pronto, desaparecido y ella flotaba en el aire como si todo lo que había creído cierto, todo lo que había, de alguna manera, sentido, hubiese sido una simple ilusión, una quimera, un espejismo. Sin más a lo que aferrarse, tenía miedo, miedo de recordar la gravedad y caer junto con todas aquellas ramas.
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