Se despertó envuelto en oscuridad.
Confuso y sudando. Estaba de pie, pero no era consciente de haberse levantado
antes. Sentía el frío del suelo en sus pies y creía escuchar un crujido
extraño. Supuso que era su imaginación y se tumbó de nuevo en la cama.
Y el crujido aumentó. Pero no era
un crujido, era otro sonido. No lo reconocía. Y empezó a ponerse nervioso. El
calor recorría su cuello y la gravedad ataba su cuerpo al colchón. El calor se
convirtió en dolor y el dolor en gotas frías de sudor.
Por su cabeza pasaban imágenes
irracionales, distorsionadas. Imágenes con dientes, deformes y sin ojos,
sombras desmembradas que se movían de forma animal, deshumanizada. Y comprendió
que no se dormiría, no hasta que comprobase que ninguno de esos seres era el
origen de ese crujido. Ese crujido que se había intensificado al tiempo que sus
pesadillas tomaban forma.
Se levantó despacio, intentando
no imaginar cómo una mano huesuda apresaba su brazo antes de sentir el
interruptor bajo sus yemas. Se odió a sí mismo por no dormir con calcetines y se
acercó a la pared.
Palpó la superficie rugosa con
los dedos, buscando un desnivel liso, y cuando dio con él, lo presionó. Escuchó
cómo cambiaba de posición y vio que seguía sumido en la penumbra.
Temblando, realizó la misma acción
varias veces más, con la esperanza de haber fallado en su primer intento, pero
como temía, eso no sirvió de nada.
Y entonces, lo sintió. Sintió
algo fino rozar sus párpados. Y ese algo estaba por toda su cara. Y le hablaba.
Le estaba hablando. Aunque lo que escuchaba no tenía sentido. En realidad, ni
siquiera era capaz de oírlo. No parecía un ruido real, sino interno. Pero ahí estaba
y, por algún motivo, no podía ignorarlo. No solo porque de repente no pudiera
parar de escucharlo, sino porque lo que creía estar entendiendo era aterrador.
Lo era tanto que acabó, sin
apenas darse cuenta, palpando algo de nuevo. Pero esta vez no buscaba el
interruptor, sus dedos no caminaban por el rugoso gotelé de las paredes de su habitación.
No, esta vez el tacto era viscoso y esférico, y notaba como algo denso y
caliente caía entre sus dedos.
No necesitaba ver para saber lo
que era. Era plenamente consciente de lo que tenía sobre la palma de su mano.
Pero qué podía hacer, debía reunir cuantos fuera posible si no quería que devorasen
los suyos. Si no quería encender la luz en vano para siempre.
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