jueves, 23 de abril de 2020

Fuego

Cerró la puerta tras de sí, dejando un ligero halo de luz abrirse paso hasta la otra esquina de la habitación. Deslizó su mano por lo que parecía el respaldo de un sofá y se sentó en él despacio, con la esperanza de que no la hubiesen visto entrar.
Aguantó ligeramente la respiración. Podía oír sus latidos acelerados y nerviosos. Su mano temblaba sobre el sofá, fría y desprotegida. No estaba segura de que hubiese sido una buena idea, pero, aquella nota…, aquel recuerdo…
De repente se encontraba en aquella habitación, una luz tenue, la chimenea chisporroteando y una dulce música que lo envolvía todo. Él estaba allí, de pie, tendiéndole su mano y sonriendo. La observaba fijamente mientras el fuego ardía en su mirada, expectante. Titubeó un momento y rozó su palma con los dedos. La sujetó firmemente levantándola del sofá y sin apartar la vista de sus ojos, rodeó su cintura. Su vestido se deslizaba, alzándose ligeramente sobre el suelo, girando con ella alrededor del sofá. Él se alzaba frente a ella con ese semblante apuesto que observaba cada mañana al despertar, desde la ventana. Aquella noche era fuego y no rosas lo que lo rodeaba, pero ella seguía viendo los mismos ojos verdes brillando, cada vez más cerca, cada vez más difusos… Bajó los párpados.
Silencio…, abrió los ojos y apareció de nuevo en la oscuridad. Sintió que unos dedos cálidos se posaba sobre su mano y levantó la mirada. Una línea de luz dejaba entrever su pelo oscuro y largo, su mentón y sus labios ligeramente abiertos y sonrientes. Pero ella solo podía fijarse en ese verde brillante, esos ojos, que la miraban desde la oscuridad, fijos, esta vez, en su boca.
Intentó hablar, pero antes de poder siquiera moverse, sus manos estaban en su cadera, descendiendo por sus temblorosas piernas y sus ojos estaban tan cerca que apenas podía distinguirlos. Sentía su aliento sobre su cuello, caliente y húmedo y pensó que aquello no podía ser un error. Miró hacia la chimenea, pero aquel fuego que recorría su cuerpo no tenía nada que ver con las llamas. Cerró de nuevo los párpados al tiempo que el calor se acercaba a su boca y al abrirlos de nuevo observó cómo sus labios bajaban lentamente por su cuerpo hasta que solo pudo ver, mirándola desde su entrepierna, el destello de aquellos ojos verdes.

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